Un retablo de Juan de Nalda y el nacimiento de la notación musical

La Tabla de la Misa de San Gregorio de Juan de Nalda (finales del siglo XV) ilustra el milagro del sangrado de la hostia, obrado cuando el pontífice pidió una señal divina para convencer a un fiel que dudaba de la doctrina de la transubstanciación. La presencia en el altar de lo que parece una partitura –un anacronismo, dado que éstas aparecieron tres siglos después del reinado del papa– alude a otro importantísimo mito ligado a este Padre de la Iglesia, el de la invención del repertorio musical que lleva su nombre: el canto «gregoriano». Este artículo procede de una charla ofrecida por el autor en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid en octubre de 2020. 

Vídeo del directo de Instagram ofrecido en el Museo Arqueológico Nacional el 16 de octubre de 2020.

Tabla de la Misa de San Gregorio

Esta tabla de madera de finales del siglo XV pertenece a un retablo procedente de la iglesia del monasterio de Santa Clara de Palencia. Sobre ella, aparece pintada al óleo una escena de estilo gótico hispano-flamenco que representa la misa de San Gregorio, atribuida a Juan de Nalda, maestro de gran calidad pictórica. La escena narra la consagración eucarística celebrada por el papa Gregorio I (San Gregorio o Gregorio Magno, 540-604) en la que se produjo el milagro de la aparición de Cristo, en presencia de un cardenal y otros clérigos. Cristo aparece mostrando sus estigmas, de los que brota sangre, y rodeado de algunos de los instrumentos de la Pasión, como son el paño de la Verónica, la túnica sorteada entre los soldados, las varas y la columna de la flagelación, etc. El altar muestra el cáliz que recogerá la sangre de Cristo y también dos candeleros, un misal y lo que parecen ser dos partituras enmarcadas formando un díptico. Estas partituras presentes en una misa celebrada por el papa Gregorio I suponen un anacronismo, dado que la notación musical no apareció en Occidente hasta tres siglos después de su reinado papal. Aluden, sin embargo, a otro importantísimo mito ligado a este Padre de la Iglesia, el de la invención del repertorio musical que lleva su nombre: el canto «gregoriano», también denominado romano.

Gregorio Magno y el origen del canto gregoriano

El papa Gregorio I (San Gregorio o Gregorio Magno) reinó entre los años 590 y 604. La tradición iconográfica lo representa con una paloma dictándole al oído un misterioso mensaje. De acuerdo con el relator original de esta leyenda –Pedro el diácono– la paloma le estaría inspirando las homilías sobre la profecía de Ezequiel, aunque la tradición posterior (al menos, desde mediados del siglo IX) desvió el contenido de estas canoras revelaciones al canto gregoriano. La suma de estas fantasías e inexactitudes contribuyeron enormemente a atribuir a este papa la autoría de este vasto repertorio musical. La peculiar concepción de la historicidad de los tiempos antiguos y medievales, tendente a identificar procesos enormemente complejos y extendidos en el tiempo con personalidades extraordinarias, afectó de forma singular a las liturgias cristianas. Así, en competición permanente con Roma por reafirmar su autoridad, las respectivas tradiciones atribuyeron el canto milanés a San Ambrosio de Milán, el canto visigótico o mozárabe a San Isidoro de Sevilla y el himnario bizantino a San Juan Damasceno.

Representación del papa Gregorio I con la paloma al oído en el Antifonario Hartker (ca. 1000) del monasterio de San Galo (Suiza).

Por «canto gregoriano» entendemos el conjunto de varios cientos de melodías cantadas en la misa a lo largo del año litúrgico, siguiendo un estricto calendario establecido por la Iglesia de Roma. En tiempos de Gregorio I el repertorio litúrgico romano acumulaba ya varios siglos de lento pero permanente crecimiento, transformación y sistematización, un proceso del cual conocemos solo unos pocos datos. La tarea de este papa con respecto al canto gregoriano pudo haberse limitado a la reorganización de la capilla papal (Schola Cantorum) y la reubicación de algunos cantos a lo largo del año litúrgico.

La composición ex nihilo del canto gregoriano es también imposible en una fecha tan temprana por una simple razón: en tiempos de Gregorio I aún no se había desarrollado la notación musical. Es decir, la música no se podía escribir y solo podía preservarse mediante la transmisión oral, sujeta a las imprecisiones y caprichos de la memoria y sometida a una lenta pero permanente transformación. El proceso de aprendizaje del repertorio completo se llevaba a cabo en el marco de las escuelas eclesiásticas, cuyos miembros más veteranos adiestraban a los más jóvenes en la práctica del canto. La memorización de todas las melodías podía llevar unos diez años (o aún más), pero no fue la laboriosidad en la enseñanza del canto la que incitó a los clérigos a idear la notación musical, sino un ambicioso proyecto político desplegado por la monarquía franca durante el periodo carolingio.

La restauración del Imperio Romano de Occidente

Los lazos establecidos desde mediados del siglo VIII entre el papado y la monarquía franca obedeció a un complejo entramado de intereses mutuos. Por la parte franca, la necesidad del rey Pipino el Breve –padre de Carlomagno– de legitimar su dinastía tras haber depuesto a Childerico III, último de los reyes merovingios. Por la de la santa sede, ganarse un aliado que les protegiera de las ofensivas lombardas ante las que el Imperio Bizantino, tradicional sostén de Roma a través del Exarcado de Rávena, se demostró inoperante.

La liturgia romana cumplió un decisivo poder propagandístico en este contexto. Poseedor de una tradición emparentada con la visigótica, el reino franco cultivaba desde siglos antes una liturgia y un repertorio musical propio –el canto galicano–, del que no se conservan testimonios musicales directos. La celebración en el año 752 en la corte de Pipino de una misa según el rito romano oficiada por el papa Esteban II, revela el valor simbólico que adquirió el canto gregoriano en una alianza que culminaría con la coronación en la sede pontificia (en el año 800) de Carlomagno como Imperator Romanum gubernans Imperium (emperador del Imperio Romano), ungido por el mismísimo papa León III. En efecto, y de acuerdo con la capitular Admonitio generalis de marzo de 789, la sustitución del rito galicano por el romano se habría decidido ya en tiempos de Pipino. De este modo, se cree que hacia la fecha de la coronación de Carlomagno, el canto gregoriano habría suplantado ya al rito autóctono en la mayor parte del Imperio.

La alianza entre el papado y la monarquía carolingia fue celebrada como una restauración del extinto Imperio de Roma y señaló además un antes y un después en el mapa geopolítico europeo. Al colapso del Exarcado de Rávena (y, con él, de la tutela de Bizancio sobre la Iglesia de Roma) se unió el hundimiento del reino lombardo del norte de Italia y el nacimiento de los Estados Pontificios. Por su parte, la proclamación del canto romano (o «gregoriano») como liturgia oficial del reino carolingio y la abolición del canto galicano constituyó solo el preludio de una expansión que, a lo largo de los siglos subsiguientes, traería consigo la extinción de otras liturgias latinas (como la visigótica) y alcanzaría los confines de Europa por el Este hasta la actual Polonia. Este largo y exitoso proceso de unificación de la liturgia católica no habría sido posible sin el desarrollo de una poderosa herramienta: la notación musical.

De la tradición oral a la escrita

La supresión del canto galicano y su sustitución por el canto romano constituyó una empresa enormemente ardua y costosa. La extensión de este vasto repertorio musical a unos dominios tan amplios y diversos no habría sido efectiva sin el concurso de un imponente aparato teórico e institucional, así como de herramientas musicales específicas. El legado paleográfico ligado a las abadías suizas de San Galo y Einsiedeln, o las francesas de Laon, Chartres, Saint Yrieix o Montpellier dan fe de la existencia de una red monástica consagrada a la fijación y transcripción del canto romano para su posterior difusión. El tránsito de la oralidad a la notación no fue sencillo ni inmediato, pues exigió resolver previamente algunas cuestiones teóricas de enorme calado: ¿cuántas notas musicales son necesarias para transcribir las melodías gregorianas? ¿Y cuántas secuencias de notas distintas (escalas)? Así, intentando responder a estas y otras cuestiones, los scriptoria carolingios vieron nacer textos fundamentales de la teoría musical occidental como el anónimo Musica enchiriadis o los atribuidos a Hucbaldo de Saint-Amand (De harmonica institutione) y Aureliano de Réôme (Musica disciplina).

La notación musical desarrollada por los clérigos carolingios no fue creada con el propósito de difundir directamente el canto romano. Por ejemplo, llevando copias de los cantorales a cada uno de los centros religiosos del Imperio. El enorme coste de las ediciones manuscritas de canto –graduales, antifonarios, etc.– hacía este objetivo inalcanzable. Además, este peculiar sistema de notación, similar a un elaboradísimo sistema de acentos denominados neumas (del griego πνεῦμα = respiración), escritos por encima del texto, no era útil en sí mismo para decodificar las melodías. Esto es así porque los neumas no indican la altura exacta de las notas, sino su altura relativa (si sube o si baja con respecto a la anterior), como tampoco indican su duración exacta.

Inicio del responsorio “In illo die suscipiam” en un antifonario sangalense de ca. 1000 (San Gall, Stiftsbibliothek, Cod. Sang. 390, p. 61).

Vistas estas limitaciones (incomprensibles desde la perspectiva de la notación musical moderna), se ha interpretado que estas ediciones pretendieron asistir la memoria de cantores cualificados y expertos en los centros monásticos antes aludidos, ayudando a recordar los detalles de los cantos, de modo que éstos quedaran fijados de forma definitiva y sirvieran de modelo para su enseñanza y difusión. El resultado inmediato de esta iniciativa fue el tránsito de un sistema de transmisión «líquido», basado íntegramente en la oralidad y sujeto a pequeñas pero continuas transformaciones, a otro más estable que, sin dejar de apoyarse en la oralidad, permitió corregir las desviaciones volviendo una y otra vez al modelo escrito.

La notación musical

La perspectiva de los siglos nos permite afirmar que la notación musical fue quizá la aportación más influyente y duradera de la era carolingia a la cultura europea. A diferencia de otros sistemas de notación musical ensayados con anterioridad (existen restos babilónicos y griegos), la notación carolingia no quedó como un episodio aislado. Por otro lado, y a diferencia de un sistema similar desarrollado en Bizancio por las mismas fechas, la notación musical occidental trascendió el ámbito litúrgico y acabó extendiéndose a la composición musical en prácticamente todas sus manifestaciones. 

La notación musical legada por los carolingios se perfeccionó lentamente, incorporando la diastematía (determinación precisa de las alturas o notas musicales) hacia el año 1000. La indicación, cada vez más rigurosa y versátil, de las duraciones se desarrolló a partir de ca. 1200 en torno a los polifonistas de la catedral de Notre Dame, y siguió evolucionando. hasta el siglo XV. La notación del canto gregoriano no llegó a incorporar estas innovaciones métricas, pero hacia el siglo XIII adoptó la peculiar forma cuadrada que también asociamos a la caligrafía gótica y que aún se mantuvo en los libros de coro del siglo XV.

Detalle de la Tabla de San Gregorio de Juan de Nalda.

Esta sería la notación que se adivina en el díptico situado en el centro del altar, tras del cáliz, en la tabla de Juan de Nalda. Y, aunque la pintura no desciende al detalle para reconocer ni el texto escrito en la partitura, ni la melodía, ni el sistema de notación, podemos distinguir una gran C al inicio de una de las líneas, correspondiente a la clave de Do. La función de estos dípticos, fabricados en ocasiones en algún tipo de metal fundido, era contener los formularios musicales utilizados por los celebrantes, y fueron empleados entre los siglos XIV y XVI, e incluso más tarde. Aunque de forma anacrónica, la tabla de San Gregorio da testimonio, una vez más, de la notación musical como un factor distintivo de la música occidental con respecto a cualquier otra tradición conocida. Una herramienta que ha permitido conservar hasta nuestros días un ingente repertorio musical que no ha dejado de aumentar a lo largo de los siglos. 

DÍPTICO EN PDF

 

BIBLIOGRAFÍA

Apel, Will. Gregorian Chant. Indiana University Press, 1958.

Asensio, Juan Carlos. El canto gregoriano. Alianza Editorial, 2008.

Hiley, David. Western Plainchant. A Handbook. Oxford, Clarendon Press, 1993.

Levy, Kenneth. Gregorian Chant and the Carolingians. Princeton University Press, 1998.

 

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