Unidad 32 – La música clásica en la era de los mass media

LP clasicoLas décadas que sucedieron a la II Guerra Mundial fueron -aparte de los años de rearme ideológico de la Guerra Fría que hemos visto en la Unidad 31– el periodo de florecimiento en el Primer Mundo del estado del bienestar y la sociedad de consumo. Una época cuyos avances técnicos y transformaciones sociales tendrán un efecto espectacular en la democratización del acceso a la música, así como en la expansión y/o nacimiento de nuevas modalidades musicales –jazz, rock, disco, etc.- conectadas con los nuevos gustos -y resultantes directas de dichas transformaciones- que desplazarán paulatinamente a la música clásica de su posición central en la cultura occidental.

La sobreproducción musical ligada a las nuevas facilidades tecnológicas creará también las condiciones para una masificación y banalización acelerada de la música, de consecuencias difíciles de valorar todavía hoy en día. Sometida a las leyes de la economía de mercado, la música se convertirá también en un mero objeto de consumo, privado de toda autonomía artística y sometido a intereses puramente comerciales.

La democratización de la música

El método Orff dio forma a la enseñanza musical escolar en Alemania y otros muchos países.

El método Orff dio forma a la enseñanza musical escolar en Alemania y otros muchos países.

La democratización de la música a lo largo del siglo XX obedece principalmente a dos impulsos: El primero y más decisivo, el aportado por las tecnologías -radio, televisión, discos, etc.- que trataremos en el apartado siguiente. El segundo, como resultado de la apuesta de las sociedades avanzadas por la educación y socialización de sus miembros, y que servirá para redefinir la relación entre la ciudadanía y la tradición musical occidental.

Un primer resultado de estas políticas será la universalización de la educación musical a través de su inserción en la enseñanza obligatoria primaria y secundaria -un tipo de enseñanza musical basada en los principios pedagógicos establecidos por pioneros como Jacques Dalcroze, Zoltán Kodály o Carl Orff-, la institución de bandas u orquestas en los institutos -especialmente en la órbita anglosajona- o el despliegue televisivo de programas de divulgación y apreciación musical como los Conciertos para jóvenes [1958-72] de Leonard Bernstein para la CBS, la Noche musical con André Previn [1976-84] en la BBC, o la versión más modesta y castiza El mundo de la música [1975-80] en RTVE, presentada por Enrique García Asensio.

También contribuirán a la democratización de la música los cambios de modelo de financiación de las instituciones musicales -orquestas, teatros, festivales, conservatorios- bien mediante el patrocinio público -modelo europeo-, bien mediante el mecenazgo empresarial -modelo anglosajón-. En ambos casos, la música clásica será entendida como un patrimonio cultural que debería ser accesible a todos los ciudadanos y bolsillos, del mismo modo que lo serían las artes plásticas a través de los museos.

El crecimiento sostenido de las economías occidentales, unido a la alianza de las más importantes instituciones musicales con la industria discográfica, permitirá la expansión de un modelo -número de orquestas, temporadas, festivales y honorarios- que rozará peligrosamente la categoría de burbuja al finalizar el siglo.


Tres grandes clásicos orquestales del siglo XX

Los circuitos de música clásica de la segunda mitad del siglo XX dieron cabida a una notable variedad de propuestas musicales más o menos alejadas de sus paradigmas. En este apartado visitaremos tres de las obras inscritas de un modo u otro en la tradición de gran formato sinfónico -o sinfónico-vocal- más exitosas de este periodo.

Olivier Messiaen siguió siendo un referente de la música clásica contemporánea hasta su muerte en 1992, pese a haber seguido cultivando un lenguaje relativamente impermeable a las corrientes de vanguardia desarrolladas por sus alumnos –Boulez, Stockhausen, Xenakis, etc.-.

Benjamin Britten es considerado el más importante compositor británico desde Henry Purcell, Britten es también uno de los compositores más reconocidos de entre los que se mantuvieron al margen de las vanguardias de posguerra. Su monumental Réquiem de guerra combina los textos latinos con poemas de Wilfred Owen -muerto en la I Guerra Mundial- y se estrenó con motivo de la consagración de la Catedral de Coventry, destruida por los bombardeos durante la II Guerra Mundial.

Aunque Luciano Berio fue miembro de las primeras generaciones de Darmstadt y del serialismo integral, su evolución artística lo condujo por vías más heterodoxas a partir de los años 60. Su obra más célebre es esta Sinfonía, ampliación a cinco movimientos de un homenaje a Martin Luther King -O King- compuesto tras el asesinato del líder afroamericano e integrado después en la Sinfonía como su 2º movimiento.

Olivier Messiaen – Sinfonía Turangalila – 3. Turangalila 1 [1949]. Esta sinfonía -encargada por la Sinfónica de Boston y estrenada por Leonard Bernstein– consta de diez movimientos y tiene una estructura cíclica. La exuberante orquestación incluye once percusionistas, un piano solista y ondas Martenot. Este movimiento utiliza dos temas principales (uno lírico en el clarinete y otro majestuoso en los metales que son elaborados y recombinados a lo largo de sucesivas secciones.

Benjamin Britten – Réquiem de guerra – V. Dies irae [1962]. Esta obra es un alegato pacifista que apela tanto a los desastres de la I Guerra Mundial como a la superación de la Guerra Fría. Los textos litúrgicos latinos están asignados a la soprano, el coro y una orquesta sinfónica, mientras los poemas en inglés corren a cargo del tenor, el barítono y una orquesta de cámara.

Luciano Berio – Sinfonía – 3. In ruhig fliessender Bewegung [1968/70]. El 3er movimiento de esta obra es un impresionante collage que ensambla diálogos, susurros y gritos de un conjunto vocal con un variado repertorio de citas musicales que cubren desde Beethoven hasta el propio Berio, tomando como base el 3er movimiento de la Sinfonía nº2 de Mahler.

Olivier Messiaen – Sinfonía Turangalila – 3. Turangalila 1 [1949].

Benjamin Britten – Requiem de guerra – V. Dies irae [1962].

Luciano Berio – Sinfonía – 3. In ruhig fliessender Bewegung [1968/70].

La era del LP

Dos astros del firmamento clásico: El pianista Glenn Gould y el director Herbert von Karajan.

Dos astros del firmamento clásico: El pianista Glenn Gould y el director Herbert von Karajan.

Pese a todas las políticas educativas y culturales desplegadas en las sociedades de posguerra, el factor que contribuyó de forma más decisiva a la democratización de la música durante este periodo fue el disco.

La introducción en 1948 del vinilo -en sustitución de la laca- como material de fabricación de discos, posibilitó alcanzar a este medio una duración -unos 25′ por cara- y una calidad sonora –rango dinámico y de frecuencias, la estereofonía se incorporará a partir de 1954- adecuadas a la naturaleza de la música clásica, convirtiéndose en apenas una década en el heraldo de una nueva época.

El LP inducirá una nueva manera de escuchar la música clásica: una escucha privada que permitirá al aficionado sustraerse de las reglas sociales propias del concierto, escuchar en su casa a los mejores intérpretes y agrupaciones del mundo y acceder a un repertorio musical prácticamente ilimitado: Desde el monumental Anillo del nibelungo wagneriano registrado por Georg Solti frente a la Filarmónica de Viena entre 1958 y 1965, hasta la ampliación -hacia el pasado- de nuevos repertorios gracias a la eclosión del movimiento historicista (ver Unidad 10) a partir de los años 70, fenómeno que difícilmente habría prosperado sin la ayuda del disco.

La alianza entre el disco y la música clásica generará un star system a escala planetaria en el que brillarán directores como Herbert von Karajan, Leonard Bernstein o el propio Georg Solti, o voces como Maria Callas o Luciano Pavarotti, y que se extenderá hasta final de siglo en la etapa del CD. No en vano, la primera grabación digital comercial será un Concierto de Año Nuevo de Viena -el de 1979-. En esta misma línea, las dimensiones del CD se establecerán de modo que tuviera capacidad suficiente para almacenar una interpretación estándar de la Sinfonía nº9 de Beethoven.

El nuevo estatus alcanzado por la música clásica como patrimonio cultural -no solo de sus benefactores, sino de la sociedad en su conjunto-, y la ampliación de los repertorios musicales hacia el pasado -desde la Edad Media hasta la música del Romanticismo interpretada según criterios históricos- serán los signos visibles de un proceso de museificación de la música clásica sintomático de un final de ciclo -el de la música basada en la notación, ver Introducción– y que tendrá como efecto colateral el desplazamiento de los intereses musicales del gran público hacia la música del pasado -remoto o cercano- en perjuicio de sus manifestaciones más recientes.


Tres hits del minimalismo sacro

Los países bálticos han protagonizado uno de los episodios musicales más llamativos de la segunda mitad del siglo XX: La emergencia de un conjunto de estilos -agrupados por la crítica bajo la etiqueta “minimalismo sacro“- caracterizados por una escritura sencilla, un neomodalismo por lo general muy estático, y cierto tipo de inspiración mística o religiosa. Algunos compositores inscritos en este movimiento han alcanzado una notable proyección internacional gracias al disco. Es el caso de Einojuhani Rautavaara, prolífico compositor finlandés, autor entre otras obras de ocho sinfonías y nueve óperas, ha recibido numerosas nominaciones a los premios Grammy, así como una atención discográfica poco común en el ámbito de la música clásica contemporánea.

Inscrito en las corrientes postseriales durante la década de 1960, el polaco Henryk Górecki se alejó progresivamente de la vanguardia musical durante los años 70 para cultivar una línea estilística que fue muy bien recibida en Polonia. Estrenada en el Festival de Música Contemporánea de Royan de 1977 -y presuntamente abucheada por Pierre Boulez como “mierda”-, esta sinfonía saltó a la fama repentinamente en 1992, situándose en el puesto nº6 de los discos más vendidos en el Reino Unido y ocupando durante meses en el primer puesto de las ventas de música clásica en este país y en los EE UU.

Quizá el más venerado entre los “minimalistas sacros” es el estonio Arvo Pärt, cuya obra Frates (publicada en hasta 17 versiones, para distintas agrupaciones instrumentales) se ha convertido ya en un icono sonoro de nuestro tiempo, con una destacada presencia en filmes y medios audiovisuales.

Einojuhani Rautavaara – Cantus Arcticus op.61 – 1er mov. El pantano [1972]. Cantus Arcticus, para orquesta y cinta magnetofónica, es una de sus obras más célebres. El movimiento inicial de este “concierto para pájaros y orquesta” retrata -en un estilo reminiscente del Impresionismo “nórdico” de Jean Sibelius– los sonidos de un pantano ártico con una economía que se adaptaría plenamente a un medio audiovisual. Por ejemplo, un documental.

Henryk Górecki – Sinfonía nº3 “De las canciones tristes” – II. Lento e largo. Tranquillissimo [1977]. Esta obra, de lenguaje post mahleriano, está escrita para una gran orquesta de cuerda y soprano. Este lírico segundo movimiento pone música a un mensaje escrito por una joven de 18 años en una celda de la Gestapo.

Arvo Pärt – Fratres (versión para violín y piano) [1977/1982]. Esta obra ejemplifica una forma de neomodalismo que al autor ha denominado estilo “tintinnabular“, y que está basado en el canto llano y en formas de polifonía primitivas. Como puedes ver en este vídeo, la obra consiste en la repetición -ocho veces en total- de una sencilla melodía en La frigio mayor compuesta por seis frases irregulares, que va pasando -en transposiciones de terceras diatónicas descendentes- desde la voz superior hasta el bajo.

Einojuhani Rautavaara – Cantus Arcticus op.61 – 1.- El pantano [1972].

Henryk Górecki – Sinfonía nº3 “De las canciones tristes” – II. Lento e largo. Tranquillissimo [1977].

Arvo Pärt – Fratres (versión para cuerdas y percusión) [1977/1983].

La música en el cine

John Williams grabando la banda sonora de Star Wars con la Sinfónica de Londres.

John Williams grabando la banda sonora de Star Wars con la Sinfónica de Londres.

En una época en la que las vanguardias musicales oficiales abogarán por una música “pura” y autosuficiente, las músicas “aplicadas” -compuestas para la danza, el teatro, o el cine, etc.- ofrecerán un terreno favorable para el diálogo entre lo clásico y lo nuevo, aparte de un nuevo abanico de oportunidades para compositores e intérpretes. Entre ellas. será la música cinematográfica la que ofrecerá no solo las más abundantes salidas profesionales, sino también un lenguaje por descubrir -el audiovisual-, así como una proyección social negada a la mayoría de los compositores de música pura.

La música de la denominada Edad de oro de Hollywood permanecerá fuertemente entroncada en la música europea, gracias a la obra de compositores como Erich KorngoldFranz Waxman o Max Steiner -muchos de ellos exiliados centroeuropeos formados en la tradición sinfónica alemana-, que encontrarán el modo de adaptar estos viejos moldes -formato sinfónico, lenguaje posromántico, empleo del leitmotiv, etc.- a la gran pantalla, pese a la escasa libertad que ofrecerá el medio cinematográfico para crear estructuras musicales verdaderamente autónomas.

La búsqueda de un lenguaje musical cinematográfico más específico impulsará a la generación de compositores activa en las décadas de 1950 y 60 –Miklós Rózsa, Bernard Herrmann o Elmer Bernstein– a alejarse de la retórica musical poswagneriana de la etapa anterior adoptando actitudes más objetivas y renovando el tejido sinfónico mediante la integración de elementos musicales contemporáneos como el jazz o la atonalidad, o incluso (como hemos visto en la Unidad 29) el dodecafonismo. Partituras como El planeta de los simios de Jerry Goldsmith, o la inserción de música de György Ligeti en 2001, Odisea del espacio -ambas películas de 1968- demostrarán que el rechazo supuestamente instintivo o “natural” del público a la música “atonal” o “disonante” obedece a causas más complejas y diversas que la propia música.


Diálogos entre lo “nuevo” y lo “clásico”

Los siguientes ejemplos muestran diversas formas de diálogo entre músicas clásicas y modernas en algunos de los ámbitos de la música “aplicada” más relevantes del siglo XX: El musical, el cine y el ballet.

El musical es una forma de teatro musical específicamente anglosajona originado como una adaptación de la opereta europea en el ámbito cultural estadounidense. El género alcanzó su primera edad de oro en los años 20 gracias a la obra de compositores como Irving Berlin, Cole Porter o George Gershwin.

Ardiente defensor de la música de Charles Ives y otros vanguardistas estadounidenses, y profundo conocedor de la música de todos los tiempos, Bernard Herrmann fue uno de los pioneros en distanciar su música cinematográfica de la retórica posromántica y desarrollar un estilo frío y objetivo construido a partir de pequeñas células musicales y evocadora de compositores como Bartók o Schönberg.

Leonard Bernstein – West Side Story – Cool Fugue [1957]. Heredero espiritual de Aaron Copland y George Gershwin, Bernstein planteó en este exitosísimo musical una renovación del género en el que reunió ritmos latinos y de jazz con elementos cultos como la fuga o la serie dodecafónica utilizada como sujeto de la misma en este peculiar número. El musical fue llevado al cine en 1961 en una producción que recibió 10 premios Óscar.

Bernard Herrmann – Psicosis – Preludio [1960]. Esta famosa secuencia, en la que la protagonista huye de la ciudad después de haber cometido un robo en su puesto de trabajo, está acompañada por una música para orquesta de cuerda que ilustra perfectamente las características descritas. Destacamos la mezcla sonora resultante de la suma de la música, los ruidos (tráfico, lluvia) y las voces (diálogos que se repiten en la mente de la protagonista) como rasgo típicamente cinematográfico.

Pierre Henry – Messe pour le temps présent – Psyché Rock [1967]. Alumno de Nadia Boulanger y Olivier Messiaen, Henry es considerado -junto con Pierre Schaeffer– fundador de la música concreta, una de las primeras “escuelas” de la música electrónica. La música concreta emplea el sonido real -grabado- como materia prima, y tiene en el magnetófono su principal herramienta tecnológica. Esta obra es un ballet que combina el rock con técnicas electroacústicas.

Leonard Bernstein – West Side Story – Cool Fugue [1957].

Bernard Herrmann – Psicosis – Preludio [1960].

Pierre Henry – Messe pour le temps présent – Psyché Rock [1967].

Ejercicios de la Unidad 32

2 comments

  1. Con la llegada de las nuevas tecnologías la música contemporánea parece encontrar de nuevo algunos medios en los que reconciliarse con el público.

  2. Tres ámbitos diferentes para el desarrollo (y disfrute) de la música contemporánea. Es alentador ver que pueden coexistir con coherencia planteamientos musicales diferentes que podrían parecer incompatibles u opuestos.

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