Unidad 23 – La era de las grandes orquestas

filarmonica_vienaDurante el cambio de siglo del XIX al XX el modelo de creación y difusión musical basado en la notación alcanzó su máximo grado de desarrollo. En la era de las revoluciones industriales, la tecnología de la notación no implicaba únicamente a las industrias destinadas a producir o difundir partituras (imprentas, editoriales), sino que había llegado a convertirse en un sistema institucional completo que incluía centros destinados a formar músicos (escuelas, conservatorios), espacios para albergar la música (salas de conciertos, teatros de ópera) o talleres para fabricar o reparar instrumentos musicales.

Gracias a esta tecnología y a estas redes institucionales, una sinfonía concebida en San Petersburgo, Praga o Munich podía convertirse en poco tiempo en la sensación musical de una temporada de conciertos neoyorquina. Es el caso tanto de Chaikovsky, quien dirigió el concierto inaugural del Carnegie Hall en 1891, o el de Dvořák y Richard Strauss que llegarían a estrenar sus Sinfonía del Nuevo Mundo [1893] y Sinfonía Doméstica [1904], respectivamente, en esta misma sala.

A solo un paso de que las nuevas tecnologías de grabación y difusión sonora (radio, discos, etc.) revolucionen por completo los ecosistemas musicales a lo largo del siglo XX, el sinfonismo centroeuropeo ocupará un lugar central en la vida musical del mundo occidental. Tanto es así, que será la música de Wagner -su ópera Parsifal [1882]- la protagonista de la primera transmisión radiofónica comercial de la historia, realizada en 1920 desde la azotea del Teatro Coliseo de Buenos Aires.


El arte de la dirección de orquesta

Esta presentación del director de orquesta israelí Itay Talgam acerca del liderazgo en la empresa, es a su vez un fantástico ensayo acerca de la función del director en una orquesta sinfónica. En ella conocerás no solamente a algunos de los directores de orquesta más destacados del siglo XX sino que aprenderás también algunas ideas acerca de sus técnicas de dirección.

Para una mayor información sobre este tema, lee el artículo SOCIOLOGÍA DE LA ORQUESTA

La renovación del concierto sinfónico

La Orquesta Filarmónica de Berlín en 1913.

La Orquesta Filarmónica de Berlín en 1913.

Son varias las causas que pueden explicar el renacimiento de la sinfonía acaecida durante las últimas décadas del siglo XIX. Solo entonces pareció superarse medio siglo de escepticismo acerca de las posibilidades de los nuevos compositores de igualar el interés de las obras maestras del Clasicismo vienés -con Beethoven a la cabeza-, apenas perturbado por los compositores anteriores a 1848 –Mendelssohn y Schumann, principalmente, y solo parcialmente resuelto por el poema sinfónico lisztiano a partir de los años 1850.

Por un lado, la consolidación de la actividad concertística en las grandes ciudades permitió afianzar a un público entendido y preparado para el disfrute de la música instrumental. Por otro lado, las tentativas realizadas a lo largo del siglo por compositores “clasicistas” y “modernistas” proporcionaron determinadas herramientas que dotaron a la nueva música sinfónica -y en concreto, a la sinfonía- de un mayor interés y prestigio: A la espectacularidad orquestal y elocuencia expresiva aprendidos del poema sinfónico lisztiano y el drama musical wagneriano habrá que sumar el prestigio aportado por la “música pura”, concepto acuñado por los “clasicistas” para proclamar la superioridad estética de la música instrumental frente a las músicas “aplicadas” al teatro, al baile, o a cualquier otro contenido o actividad extramusical.

Tampoco cabe despreciar la influencia de los progresos en la técnica de la dirección de orquesta -especialmente a partir de Mendelssohn, Liszt y Wagner- que instauraron una disciplina de ensayo y establecieron unos estándares de calidad que hicieron posible el nacimiento de un nuevo tipo de divo musical: Directores de orquesta como Hans von Bülow primero, o Gustav Mahler después, modificaron las costumbres del público de los conciertos -prohibiendo comer, beber o fumar en el auditorio, u obligando a guardar silencio mientras tocara la orquesta- y elevaron el nivel de las agrupaciones convirtiendo sus actuaciones en experiencias electrizantes y sobrecogedoras.

Progresivamente, las grandes ciudades competirán entre sí por la calidad de sus agrupaciones sinfónicas, sostenidas de forma privada gracias a la venta de abonos y aportaciones particulares. Así, estas décadas verán también el nacimiento de algunas de las más importantes orquestas de nuestro tiempo: Así, a la nómina constituida por legendarias agrupaciones como la Staatskapelle de Dresde, la Gewandhaus de Leipzig (1781), la Filarmónica de Nueva York (1842) o la Filarmónica de Viena (1842), vendrán a sumarse ahora nuevas orquestas que tendrán en la música de concierto -y no en la ópera- su actividad principal, como la Orquesta Sinfónica de Boston (1881), la Filarmónica de Berlín (1882), la Filarmónica de San Petersburgo (1882), la Filarmónica Checa (1896) o la Sinfónica de Londres (1904), entre otras.


Entre la herencia de Beethoven…

Tras estrenar con enorme éxito su Sinfonía nº1 en 1876 -fue saludada por la crítica alemana como la “décima” de Beethoven-, Brahms se convirtió en el referente sinfónico y el compositor más internacional de la corriente “clasicista” germánica. Dubitativo y prudente en exceso, completó hasta cuatro sinfonías que pasaron a formar parte inmediatamente del repertorio sinfónico estándar.

Autor de nueve sinfonías -pese que solo las cinco últimas alcanzaron difusión internacional en vida, la obra de Dvořák combina la herencia schubertiana con una marcada influencia de los ritmos y la melodía folclórica checa. Chaikovsky, por su parte, es autor de seis sinfonías (y una séptima de carácter programático) que combinan elementos rusos y occidentales. Las tres últimas alcanzaron un gran éxito internacional.

Johannes Brahms – Sinfonía nº4 en Mi menor – 4º mov. Allegro energico e passionato [1885]. La última sinfonía brahmsiana concluye con una peculiar lectura en clave romántica de la chacona barroca: Una rueda de ocho acordes es elaborada motívicamente en tres grandes secciones en modo de Mi menor-Mi mayor-Mi menor.

Antonín Dvořák – Sinfonía nº9 en Mi menor – 1er mov. Adagio – Allegro molto [1893]. Esta sinfonía tiene una peculiar historia pues le fue encargada en los Estados Unidos con el propósito de ofrecer un modelo para un estilo nacional norteamericano. Con este propósito, la obra utiliza melodías populares americanas (blancas, indias y negras) y leyendas del folclore de los indios americanos (Hiawatha) en un marco sinfónico tradicional con un primer movimiento en forma de sonata.

Piotr Ilich Chaikovski  – Sinfonía nº6 “Patética” – 1. Adagio. Allegro non troppo [1893]. Esta sinfonía es considerada el testamento musical de Chaikovsky, muerto solo unos días después de dirigir su estreno en San Petersburgo. Su primer movimiento es una forma sonata. La Introducción, el tema principal y secundario derivan de las primeras tres notas de la escala menor. El dramático Desarrollo está íntegramente basado en el tema principal, de modo que la Recapitulación se ciñe únicamente al tema secundario, una apasionada melodía.

Johannes Brahms – Sinfonía nº4 en Mi menor – 4º mov. Allegro energico e passionato [1885].

Antonín Dvořák – Sinfonía nº9 en Mi menor – 1er mov. Adagio – Allegro molto [1893].

Piotr Ilich Chaikovski  – Sinfonía nº6 “Patética” – 1. Adagio. Allegro non troppo [1893].

El sinfonismo posromántico

Caricatura de Mahler dirigiendo su Sinfonía nº6 en 1907.

Caricatura de Mahler dirigiendo su Sinfonía nº6 en 1907.

La parálisis del género sinfónico hasta poco antes de la década de 1880 queda perfectamente retratada por el hecho de que un compositor tan reconocido como Johannes Brahms -el más destacado compositor de la rama “clasicista” alemana- estrenara su primera sinfonía [1876] con 43 años, tras catorce de preparación. O que Antonín Dvořák -el más grande compositor sinfónico checo- esperase a completar seis sinfonías antes de publicar una de ellas –la sexta, estrenada en 1880-.

Circunstancias similares explican la peculiar trayectoria de las sinfonías tempranas de Chaikovsky o Bruckner, escritas durante las décadas de 1860 y 1870 e integradas en el repertorio tardíamente, después de ser sometidas -algunas, repetidas veces- a procesos -a menudo complejos- de revisión efectuados por sus autores durante las décadas de 1880 y 1890.

La renovación de la vida concertística de modo que los programas dependieran cada vez menos de la música vocal -especialmente de la ópera-, la conversión de las salas de concierto en templos consagrados al arte -y no solo al entretenimiento musical- y la consolidación de las grandes orquestas sinfónicas propiciaron el desarrollo y configuración de un nuevo repertorio sinfónico con afán de perdurabilidad. La música sinfónica de un país será apreciada como un importante logro artístico -así como una meta comparable o superior a la ópera para los compositores-, constituyendo un importante objeto de orgullo nacional que se proyectará tanto sobre las mejores orquestas como sobre los compositores y obras que alcancen un reconocimiento internacional.

Entre las características comunes a la producción sinfónica de este periodo podemos enumerar las grandes proporciones -entre los 40 y los 60 minutos, y aún más en obras más tardías-, por la adopción más o menos libre de las formas clásicas -especialmente de la forma de sonata-, la sustancia musical -armonía, contrapunto, elaboración temática, etc.- y la densidad orquestal.

En cuanto a las divergencias, cabe destacar la persistencia en Alemania y Austria del enfrentamiento entre los bandos “clasicista” y “modernista” -con Brahms y Bruckner como representantes más cualificados en el ámbito sinfónico, respectivamente- hasta prácticamente final del siglo. Esta división será resuelta por una generación más joven de compositores -como Gustav Mahler, Richard Strauss o Arnold Schönberg– que terminará por reconciliar y subsumir ambas corrientes estéticas en un ámbito estético fronterizo con el Expresionismo musical.


… y el trascendentalismo wagneriano

Con sus nueve sinfonías catalogadas -la novena, inacabada- y otras dos sinfonías “de estudio”, Bruckner se erige como el mayor sinfonista germánico del fin de siglo. Organista, de carácter campesino e ingenuo y ferviente católico, Bruckner tiñó sus obras de un trascendentalismo wagneriano de modo muy personal, uniendo así los universos antagónicos de las formas clásicas y el drama musical. Pese a que sus sinfonías no son programáticas de forma explícita, están presididas por un simbolismo y un espiritualismo muy personales.

Considerado en las últimas décadas como una figura clave en el tránsito entre el Posromanticismo y el Expresionismo germánicos, Mahler es autor de nueve sinfonías con enormes plantillas -algunas incluyen coro y solistas vocales- y duraciones extremas. Asiduo de la consulta de Freud en Viena, la música de Mahler ofrece a menudo un aspecto neurótico y obsesivo en el que confluyen sus raíces musicales judías, el trascendentalismo wagneriano y una cierta tendencia a la disgregación estilística.

Las fuentes musicales de Sibelius -compositor nacional finlandés y admirador en su juventud de Wagner- beben principalmente del sinfonismo chaikovskyano y del Impresionismo francés. A lo largo de sus siete sinfonías recorrió un trazado que avanzó paulatinamente hacia un mayor grado de abstracción formal.

Anton Bruckner – Sinfonía nº9 – 1er mov.  Feierlich, misterioso [1903]. Las dos sinfonías finales de este compositor han sido interpretadas como una visión entre aterrorizada y esperanzadora de la muerte. La Novena, a la que le falta el cuarto movimiento, se inicia con una monumental forma de sonata de media hora de duración, con tres secciones temáticas en su Exposición, y una sobrecogedora Coda.

Gustav Mahler – Sinfonía nº5 – 4º mov. Adagietto [1904]. El Adagietto de esta sinfonía es quizá su movimiento sinfónico más célebre. Acusa unos rasgos muy diferentes a la mayor parte de su producción sinfónica: Orquestado para cuerda y arpa y de cualidades post-tristanescas, ofrece una estampa musical otoñal plena de serenidad y lirismo.

Jean Sibelius – Sinfonía nº5 op.89 – 3er mov. Allegro molto. Misterioso. Un pocchettino largamente. Largamente assai [1919]. El movimiento final de esta quinta sinfonía atraviesa de forma fluida diversos estadios, construidos a partir de diversos motivos musicales que entran y desaparecen gradualmente, y que funcionan como ecos cada vez más lejanos del imponente coral inicial de las trompas.

Anton Bruckner – Sinfonía nº9 – 1er mov.  Feierlich, misterioso [1903].

Gustav Mahler – Sinfonía nº5 – 4º mov. Adagietto [1904].

Jean Sibelius – Sinfonía nº5 op.89 – 3er mov. Allegro molto. Misterioso. Un pocchettino largamente. Largamente assai [1919].

Ejercicios de la Unidad 23

3 comments

  1. Esta unidad parece cerrar el ciclo que abrieron Beethoven y los románticos y deja la sensación de que a partir de aquí ya nada va a ser igual..

  2. Hemos visto a través de algunos capítulos como se va perfilando la orquesta tal y como la conocemos hoy en día, creo que este capítulo es ya bastante definitivo en ese sentido, reflejado además en la recuperación de la sinfonía y su reformulación.
    En los ejercicios de alguna unidad atrás analicé el primer movimiento de la quinta sinfonía de Beethoven, y la verdad es que escuchando y analizando ahora la de Mahler me doy cuenta de todo lo que avanza y evoluciona este formato de composición a pesar de ese largo periodo que deja de interesar a los compositores.
    Muy interesante el video de Itay Talgam y lo que he podido leer hasta ahora del artículo sobre la sociología de la orquesta.

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